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José Ortega y Gasset constituye una de las mejores aportaciones que España ha hecho en los últimos cien años a la cultura intelectual de nuestro planeta. Lo que Ortega y Gasset escribió no sólo fue válido para su época, sino que sigue siendo relevante en este mundo de globalización y diversidad posterior a la Guerra Fría. Al ser el suyo un pensamiento intemporal, las personas cultas sin duda lo leerán y reflexionarán sobre él no sólo en el siglo XXI sino también en los que vengan. Aunque hoy esté casi olvidado, Ortega es probablemente el filósofo español más importante del siglo XX y sus ideas podrían servir de guía en el mundo del siglo XXI, agobiado por las crisis y necesitado como nunca antes de la agudeza crítica de pensadores como él. En los últimos cincuenta años la palabra “crisis” ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario cotidiano. A menudo oímos que la gente habla de “crisis política”, o de “crisis ecológica”, o simplemente de “crisis de confianza”. Utilizamos la palabra “crisis” como si fuese algo que nos sobreviene, sobre lo que no tenemos control, un enemigo no deseado. Pero el término encierra otras muchas cosas. La primera definición de “crisis” apunta a una reacción interna frente a un hecho externo. El principal y más frecuente error que cometemos al hablar de crisis es que calificamos de tal el acontecimiento, en vez de nuestra reacción a dicho acontecimiento. La palabra “crisis” deriva del griego krinein, que arrastra significados como separar, discriminar, decidir y juzgar. En sentido estricto, estar en crisis supone “hallarse en una encrucijada”. Pero es también una oportunidad para adoptar nuevos compromisos o reafirmarse en los antiguos. En una crisis, la capacidad crítica como actividad que a un tiempo discrimina y juzga entraña un impulso voluntarista. En el contexto de la ética, la epistemología y la política, hay que diferenciar lo bueno de lo malo, distinguir lo verdadero de lo falso, separar al inocente del culpable. Cuando el crítico distingue y separa remite siempre a una posición o criterio exterior a aquello que se critica. En virtud de esa exterioridad, toda crítica abre una ventana al futuro. En otras palabras, lo exterior se despliega como el territorio de la crítica. La verdad es que toda crítica, en su momento de crisis prepara su propio “territorio”, su propio “punto de vista”, su propia “base” y su propio “topos” –con la intención de mejorar la perspectiva de los acontecimientos en que desea intervenir. Este “topos” crítico es en realidad un “utopos”, un “no lugar”, un “fuera de lugar” desde el cual juzga el crítico el lugar real, el presente. El presente es incapaz de criticarse a sí mismo –en la medida en que es incapaz de concebir algo fuera de él. Sin crisis y sin crítica el presente se prolonga indefinidamente en el futuro, carente de rupturas. Así pues, la crisis es posibilidad de ruptura experimentada en el presente. Una situación del mundo vivido que ofrece posibilidades alternativas que habría que tomar en cuenta.
Es en el espíritu de esta idea de crisis donde la visión de Ortega logra toda su pertinencia y relevancia. La tarea a la que Ortega se consagra como filósofo es el estudio del problema de la crisis de la mentalidad europea en particular y de la civilización occidental en general. “Pensar es dialogar con la circunstancia”, escribió en 1942 en su “Prólogo a Historia de la filosofía de Émile Bréhier”. Doce años antes de hacer esta reflexión Ortega había publicado La rebelión de las masas, donde examinaba la crisis política y social de Europa. No fue el único pensador que percibió tal crisis, pero su análisis de la situación resultó especialmente pertinente al localizar su origen en la amplia distribución de poder social entre las masas. No es preciso decir que su interpretación, enormemente crítica en el momento en que fue formulada, es quizás aún más crítica y relevante aplicada a nuestra época. En cuanto tal, la “rebelión de las masas” no es un fenómeno exclusivo del siglo XX. Se ha abierto paso en el siglo XXI y cada vez cobra mayor impulso. La “rebelión de la sinrazón” es hoy un problema global, al que nos enfrentamos en nuestra vida diaria, y que se plasma en diferentes formas de absolutismo y fundamentalismo que ponen en peli-gro los fundamentos básicos de la civilización humana. La rebelión de la sin-razón en la sociedad contemporánea ha llevado a la unidimensionalidad de pensamiento y ésta, a su vez, al eclipse de un dominio público explícito y al abyecto conformismo que observamos entre las masas democráticas, que hoy se enfrentan al mundo de un modo totalmente apolítico.
Ortega entendía bien que el gobierno de la sinrazón coexiste con el predominio de las masas y que el imperio de la masa “arrolla todo lo diferente, lo egregio, lo individual, calificado y selecto”. Lo que equivale a decir que, para Ortega, la excelencia intelectual y la ejemplaridad política van de la mano. A sus ojos, la vida de la mente y la vida social corrían paralelas. Así, razón y cultura estaban directamente relacionadas entre sí y cada una requería para existir de la presencia de la otra.
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Uno de los rasgos de la situación del mundo actual es que estamos inextricablemente interconectados y ningún país ni comunidad puede decidir dejar de estarlo. Fenómenos como el calentamiento global y el terrorismo nos afectan a todos; actualmente formamos pues un único mundo. Se piensa generalmente que la esfera pública nacional es una instancia política superada, inadecuada para aplicar las políticas que hoy necesitamos; en algunos casos, el ámbito nacional es visto como un pertinaz obstáculo al cosmopolitismo. Existe pues una conciencia de la urgente necesidad de transnacionalizar la esfera pública, sustrayéndola a un ámbito nacional que no puede proporcionar el espacio necesario para el cuestionamiento de ciertos procesos y manifestaciones de la globalización. En otras palabras, necesitamos preservar la naturaleza dialógica de nuestro mundo. El carácter dialógico de los escritos de Ortega ha probado tener una poderosa influencia en un mundo diverso como el nuestro. Los grandes hombres como Ortega tienen el valor de caminar contra el viento por-que son pensadores de tiempos de crisis. Por vivir y pensar contra corriente, Ortega supo que lo definirían como un pensador incómodo. Pero, como tal pensador incómodo, dejó numerosas huellas en la escena intelectual de nuestro tiempo. Sus ideas seguirán dando fruto en las próximas décadas.
Ramin Jahanbegloo (Universidad de la Sorbona – Jindal Global University-Delhi, India) https://orcid.org/0000-0001-8838-9767
Filósofo político. Actualmente es director ejecutivo del Centro Mahatma Gandhi para los Estudios sobre la No Violencia y la Paz y vicedecano de la Facultad de Derecho de la Universidad Global Jindal de Delhi (India). Doctor en Filosofía por la Universidad de la Sorbona. Ha sido investigador en el Instituto Francés de Estudios Iraníes y becario en el Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la Universidad de Harvard. Ha impartido clases en numerosas instituciones, entre ellas la Universidad de Toronto, el Centro de Estudios de las Sociedades en Desarrollo de Nueva Delhi y la Universidad de York en Toronto. Además, en 2009 fue galardonado con el Premio de la Paz de la Asociación de las Naciones Unidas en España y, más recientemente, ganó el Premio Internacional de Ensayo Josep Palau i Fabre. Entre sus numerosas publicaciones, destacan Conversaciones con Isaiah Berlin (1992), Gandhi: Aux Sources de la Nonviolence (1999), Irán: entre la tradición y la modernidad (2004), El choque de las intolerancias (2007), La democracia en Irán (2013) y El declive de la civilización (2017), entre muchas otras.
Fuente:
Jahanbegloo, R. (2007). Leyendo a José Ortega y Gasset en el siglo XXI. Revista de Estudios Orteguianos, (14/15), 95-104. https://doi.org/10.63487/reo.587
Fotografía:
Jesús de Miguel, Tribuna Complutense, 1 diciembre 2016: https://www.ucm.es/tribunacomplutense/185/art2528.php