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Durante el verano de 1938, en el contexto de su exilio por la Guerra Civil Española, el filósofo José Ortega y Gasset se alojó en París, en la casa de Louise-Noëlle Malclès, bibliotecaria de la Sorbona.
Ortega comenta en su Prólogo para franceses (1937) las impresiones y “diálogos” en su en la ciudad del Sena y durante la visita al patio de la Universidad: “Estos meses pasados, empujando mi soledad por las Calles de París, caía en la cuenta de que no conocía en verdad a nadie de la gran ciudad, salvo las estatuas. Algunas de éstas, en cambio, son viejas amistades, antiguas incitaciones o perennes maestros de mi intimidad. Y como no tenía con quien hablar, he conversado con ellas sobre grandes temas humanos. No sé si algún día saldrán a la luz estas Conversaciones con estatuas, que han dulcificado una etapa dolorosa y estéril de mi vida. […] Al propio tiempo he tenido el honor de recibir el encargo de un enérgico mensaje que ese busto dirige al otro, el grande, erigido en la plaza de la Sorbonne y que es el busto del falso Comte, del oficial, del de Littré. Pero era natural que me interesase sobre todo escuchar una vez más la apalabra de nuestro sumo maestro Descartes, el hombre a quien más debe Europa […]”.