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La expresión “la verdad del viajero es su error” fue empleada por José Ortega y Gasset en un texto de 1929 titulado “Intimidades”, incluido en el volumen séptimo de El Espectador y dividido en dos epígrafes: “La Pampa… Promesas” y “El hombre a la defensiva”. Se trata de un texto sencillo en las formas, pero complejo en el fondo, en el que el autor desbroza ante el lector el concepto de paisaje: “Los paisajes son organismos”, reflexiona el filósofo de El Escorial al contemplar la inmensidad de la llanura pampera desde la ventanilla del tren que le lleva de Buenos Aires a Mendoza. ¿Qué quiere decir que el paisaje sea un organismo? Responde el propio Ortega: “No solo hay en ellos cosas, sino que estas cosas son sus órganos y ejercen funciones intransferibles”.
El filósofo propone un sencillo ejercicio mental para comprender cómo las cosas que vemos en cualquier paisaje desempeñan una función activa y significativa en nuestra mente. Lo habitual es que la mirada se fije primero en lo más próximo:
En una región de pequeños valles, como Asturias, atendemos primero a los objetos inmediatos —la casa, el hórreo, la vaca— que adquieren una calidad monumental. Solo después, y sin insistencia, nuestra mirada percibe el confuso fondo, el seno del valle, el flanco de la colina, la vaga cima del cerro. De este modo, el último término representa su propio papel de personaje secundario, de marco. Lo mismo acontece en un paisaje más abierto, como el de Francia, donde las cosas a nuestra vera atraen la atención visual, retienen primero la mirada, nos interesan. Cuando las hemos cobrado en visión como buenas piezas, la mirada avanza, poco a poco, en dirección a lo lejano. En este sentido digo que, normalmente, el paisaje vive de su primer término.
¿Qué ocurre, sin embargo, en un paisaje como la Pampa donde todo es planicie y horizonte?
La Pampa vive de su confín —escribe Ortega—. En ella lo próximo es pura área geométrica, es simplemente tierra, mies, algo abstracto, sin fisonomía singular, igual acá que allá. No hay razón alguna para fijarse en este sitio más que en aquel o en otro cualquiera: el cobertizo, la vivienda parecen hechos para despegar la mirada, para que no se los vea. Esta indiferencia del primer término, del lugar donde estamos y próximo a nuestros pies, empuja sin más la mirada hasta el último término, porque el ojo busca algo interesante que ver y en la Pampa no hay nada particular, singular que interese. De este modo, la vista, sin llegar a fijarse en nada, es despedida hasta los confines del curvo horizonte.
Aquí se encuentra, pues, la explicación comprensiva del paisaje como organismo. Ante una realidad donde el ojo del viajero tropieza constantemente con cosas, estas mismas cosas protagonizan el cuadro y acaparan su significado. El fondo es un personaje secundario, simple marco locativo que soporta la realidad. ¿Qué ocurre, sin embargo, ante la inmensa llanura vacía? En ella todo es horizonte, y el confín, con su vaga línea inestable, protagoniza la escena, produciendo en el ojo del viajero una fusión irreal y alucinada entre el cielo y la tierra.
En el confín —escribe Ortega poéticamente—, la Pampa entreabre su cuerpo y sus venas para que toda la inverosimilitud adscrita a lo aéreo y celestial sea absorbida por la tierra geométrica, abstracta y como vacía, del primer término. El paisaje bebe allí cielo, se abreva y embriaga de irrealidad, y por eso el horizonte pampero vacila como borracho, flota, ondula, vibra como los bordes de una bandera al viento y no está fijo en la tierra, no radica en una localización rígida, a tantos kilómetros o a cuantos.
Se puede dar otra vuelta de tuerca al juego fenomenológico que propone Ortega para comprender el alcance de su significado: ¿es posible establecer alguna relación entre el paisaje y el carácter dominante del pueblo que lo habita? La respuesta puede ser, cabalmente, afirmativa. Pensemos en los pueblos costeros y alpinos, tropicales y polares, continentales e insulares… ¿Podemos hablar con propiedad de la insularidad como rasgo de la personalidad de los pueblos insulares? Y de ser así, ¿en qué sutiles rasgos de la personalidad del ser humano llega a cristalizar?
El horizonte que domina la visión del pampero le obliga siempre a vivir como en un más allá, no en un más acá. Pero este más allá es, por propia definición, inalcanzable, un horizonte hacia cuyos confines orienta su mirada el pampero:
Son la constante y omnímoda promesa. El hombre está en su primer término, pero vive con los ojos puestos en el horizonte. Allí se le cargan de la embriaguez que hay allí, y entonces los retrae hacia su inmediato contorno. La Pampa se mira comenzando por su fin, por su órgano de promesas, vago oleaje de imaginación donde la inverosimilitud forma su espumosa rompiente que el primer término, tiritando de su propia miseria, de no ser sino atroz y vacía realidad, afanoso absorbe. Acaso lo esencial de la vida argentina sea eso, ser promesa.
Este análisis del paisaje pampero lleva al filósofo a construir una teoría del alma argentina:
Todo aquí vive de lejanías y desde lejanías. Casi nadie está donde está, sino por delante de sí mismo, muy adelante en el horizonte de sí mismo y desde allí gobierna y ejecuta su vida de aquí, la real, presente y efectiva. La forma de existencia del argentino es lo que yo llamaría el futurismo concreto de cada cual.
Es decir, para Ortega, la vida proyectada hacia el horizonte promisorio que viene impuesta por el paisaje, hace del argentino un individuo que vive de ilusiones, de posibilidades, de lo que está por llegar, más que por lo de aquí y por lo de ahora. “La Pampa promete, promete, promete… Hace desde el horizonte inagotables ademanes de abundancia y concesión”.
Se enmarca así el concepto del paisaje como organismo, donde cada elemento desempeña una función intransferible. De la misma forma, se vislumbra el significado de la conocida frase escrita por Ortega en otro lugar: “Argentinos, a las cosas”.
José Ortega y Gasset en una celebración campera en “Acelain”, finca de Enrique Larreta invitado por Máximo Etchecopar y Enrique Larreta.
Fuente:
Blanco Alfonso, I. (2016, mayo 9). Literatura de viajes (5). José Ortega y Gasset (I). El paisaje como organismo. Rinconete, Centro Virtual Cervantes. https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/mayo_16/09052016_01.htm