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A sus veintidós años, tras doctorarse en Madrid, Ortega viaja a Alemania con la convicción de que en España no existía todavía el rigor académico que él asociaba con la filosofía moderna. Alemania representaba entonces el centro europeo del pensamiento universitario, y la ciudad de Marburgo era uno de sus focos más prestigiosos.
La llamada Escuela de Marburgo defendía una interpretación estrictamente lógica y crítica de Kant. Para estos pensadores, la filosofía debía fundamentar el conocimiento científico investigando las condiciones de posibilidad del saber objetivo. La realidad no se entendía como algo dado empíricamente, sino como resultado de una compleja construcción racional que recaía sobre el quehacer filosófico. Ortega llega a Marburgo profundamente impresionado por el orden, la disciplina académica y la seriedad metodológica alemana. Allí descubre una forma de hacer filosofía muy distinta a la tradición ensayística española: sistemática, técnica, articulada en seminarios rigurosos y sostenida por un fuerte ideal científico de inspiración kantiana.
Como diría años más tarde en su Prólogo para alemanes (1934): “Marburg era el burgo del neokantismo. Se vivía dentro de la filosofía neokantiana como en una ciudadela sitiada, en perpetuo: “¡Quién vive!” […] El gobernador de la ciudadela, Cohen, era una mente poderosísima. La filosofía alemana y la de todo el mundo tiene una gran deuda con él. Porque él fue quien obligó con un empellón, sin duda un poco violento, a elevar el nivel de la filosofía. Lo cual fue decisivo porque, más que todo en la vida, la filosofía es nivel […]”.